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¿La fe se ha opuesto a la ciencia? Ignacio Sols. (Y en eso llegó Galileo :-)) Parte I

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¿Qué tal? Feliz año nuevo :-).  

En nuestra primera entrada del año abordamos un tema recurrente en los debates ciencia-fe: ¿es cierto que la creencia en Dios ha obstaculizado históricamente el avance de la ciencia, hasta el punto de que, como sostienen los ateos, el mundo actual estaría mucho más desarrollado si no hubiera tenido lugar ese supuesto "sabotaje"? Aunque, como ya saben, nuestro blog no se adhiere a ningún credo, en esta ocasión nos centraremos en la "oposición" a las ciencias supuestamente ejercida por la Iglesia Católica, por ser esta la organización religiosa que actualmente recibe más acusaciones en este sentido en nuestro entorno geográfico. Para ello vamos a analizar a fondo un caso paradigmático: ¿qué hay de verdad y qué hay de mito en el llamado "caso Galileo" tan citado por nuestros incombustibles ateos? Como verán a continuación, hay mucho de mito y también hay mucho de verdad :-) Para ayudarnos a separar el uno de la otra, traemos hoy a un experto en el tema, el matemático Ignacio Sols, profesor de la Universidad Complutense de Madrid. 

Como siempre, los incisos en gris son de nuestra autoría.



"Hasta el tiempo de Galileo no se registra ninguna oposición de la Iglesia al sistema astronómico propuesto en su obra de 1543 por Nicolás Copérnico, canónigo de la catedral de Frauenburg, precisamente como respuesta a un encargo de la Iglesia, y animada su publicación por un obispo y cardenal, como se lee en la introducción a esa obra. Desde 1565 y durante casi un siglo se enseña este sistema sin problemas en la escuela de estrelleros de Salamanca. Cuando en 1609 Galileo mejora el recién inventado telescopio y hace sus primeras observaciones astronómicas, publica, en marzo del año siguiente, un verdadero best-seller, el breve y muy ameno Mensajero celeste... Este libro le hace famoso de la noche a la mañana: en su visita a Roma en la primavera de 1611, el Papa Paulo V lo recibe en audiencia y los astrónomos jesuitas del Colegio Romano le dedican un homenaje.

Pero los profesores aristotélicos de la Universidad, humillados por Galileo al perder uno de ellos, Flaminio Papazzoni, en otoño de 1611, un debate público sobre la razón de la flotación del hielo, y encabezados por Ludovico Dellecolombe, urden una liga contra Galileo, la machina dei Colombini, como solía él llamarla. En realidad, su aversión se debía a que al demostrar que la luna no es perfectamente redonda y que había manchas en el sol, Galileo había desprestigiado sus enseñanzas de que los astros son perfectamente redondos e incorruptibles (Aristóteles).

Sin embargo, no atacarán a Galileo por ahí, sino por donde les parece más vulnerable, Galileo había escrito en su famoso opúsculo que el descubrimiento de los satélites de Júpiter echa por tierra un argumento que se solía aducir en contra del copernicanismo: que al desplazarse la Tierra, dejaría atrás a la luna. Júpiter, del que nadie dudaba que se movía, se lleva consigo, no una, sino cuatro lunas. Van a atacar a Galileo por su copernicanismo y el argumento del ataque va a ser de tipo religioso: que la idea de que el sol está inmóvil y la Tierra se mueve se opone a la Sagrada Escritura...

Esos profesores laicos provenientes de universidades de diversas ciudades italianas buscan sacerdotes que prediquen contra el copernicanismo desde el púlpito en base a este argumento, y aunque los primeros a los que tantean se niegan a tratar como religiosa una cuestión natural, consiguen al fin que el dominico Tomasso Caccini predique el 21 de diciembre de 1614 en contra de Galileo y los galileístas.  


Y ya la tenemos liada 🙂, pero traten de recordar los prolegómenos de este célebre duelo, prácticamente desconocidos para el gran público, lo repetimos: lo que ofendía a los enemigos -profesores laicos, recordamos- de Galileo no es que éste hubiera postulado una teoría que contradecía algún versículo de las Escrituras, algo que, en el fondo, seguramente les traía al pairo. Los celos, la competitividad y las rencillas entre colegas son tan antiguos como los mismos gremios; lo que sacaba de quicio a Dellecolombe y Papazzoni, hasta el punto de llevarles a urdir la más cruel e histórica de las venganzas, fue la derrota pública, la humillación que sufrieron por parte del famoso astrónomo cuya obra había sido tan ampliamente aclamada, en detrimento -y esto era lo que de verdad dolía- de sus propios trabajos; Galileo había desvirtuado las enseñanzas de ambos profesores sobre un tema que nada tenía que ver con la Biblia -el hielo, la forma y constitución de los cuerpos celestes, entre otros... -, sin embargo, el texto sagrado sería usado de un modo magistral por Papazzoni y Dellecolombe como el más mortífero de los arietes. No eran estúpidos. ¿Qué mejor forma de destruir a su enemigo que sembrar cizaña contra él ante la más poderosa institución del momento, incluso a sabiendas de que gran parte de esta Institución, la Iglesia, era galileísta... o, precisamente por ello? Tenían mala uva, pero de tontos no tenían un pelo 🙂. Dejemos que el profesor Sols continúe:


Se producen a continuación dos denuncias contra Galileo ante el Santo Oficio por parte de dos dominicos, primero de manera informal, por Nicolò Lorini, y luego formalmente por el mismo Tomasso Caccini, aduciendo como prueba una carta que Galileo había escrito a su discípulo y amigo, el benedictino Benedetto Castelli. En ella, Galileo expresaba una opinión en que se concilia copernicanismo y Sagrada Escritura, de la que había sido informado el cardenal Conti. Se trataba de un antiguo punto de vista exegético, expresado por San Jerónimo y San Agustín en su De Genesi ad literam: que, en las cuestiones naturales, la Biblia habla al modo de entender de los hombres de su época, y, por tanto, debe interpretarse, siempre que el sentido literal contradiga a nuestra comprensión actual de la naturaleza (de hecho, en el siglo V, el mismo San Agustín ya habló en su libro La ciudad de Dios de una protoevolución de las especies, apoyándose en las ideas de Anaximandro, lo que demuestra que antes de la llegada de Galileo, ya hacía mucho que la Iglesia no era literalista). La carta de Galileo a Castelli es examinada, pero no se encuentra en ella ninguna objeción esencial.

Pero en marzo de 1615 se imprime en Nápoles un libro del carmelita Paolo Foscarini en el que, en base a esta misma opinión, defiende el sistema copernicano de los recientes ataques escriturísticos, por lo que el tema pasa a la competencia de la Congregación del Índice, que el cinco de marzo de 1616 prohíbe el libro de Foscarini, así como otro anterior de Diego de Zúñiga con planteamientos análogos, y suspende, hasta ser corregida, la obra de Copérnico. Las diez correcciones que aparecieron en 1620 consisten, esencialmente, en añadir en uno y otro lugar que lo afirmado allí es solo una hipótesis. La razón aducida para la prohibición es que se trata de una opinión absurda (en filosofía) y opuesta a la Escritura (en teología). La comisión del tribunal consultado respondió que la obra era 'formalmente herética', pero esta grave calificación no prosperó  -ni entonces ni más tarde- gracias a una gestión ante el papa Paulo V del cardenal Maffeo Barberini, amigo y admirador de Galileo.

El Papa ordenó que, previamente a esta suspensión y estas dos prohibiciones, el cardenal Roberto Bellarmino advirtiese a Galileo de que no podía seguir manteniendo el copernicanismo como una opinión sobre la naturaleza, aunque ya había quedado claro que no había problema en que se mantuviese como hipótesis matemática, como modelo que predice bien las posiciones de los astros (o sea, que no les pillaba de sorpresa :-)), pero sin pretensión de realidad, igual que las esferas de Eudoxo, que giran llevándose consigo a los astros, eran una hipótesis o modelo matemático sin pretensión de realidad. Con todo, en esa famosa carta se afirma que, si algún día se encuentra una prueba de que la Tierra se mueve, la Iglesia abandonará la interpretación literal de esos pasajes de la Escritura (se refiere, entre otras, al libro de Josué donde se lee: "y el sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día entero"). El problema estaba en que Galileo creía que esa prueba existía ya, y que era la que él había aducido: la existencia de mareas, prueba que nunca convenció a nadie, porque es falsa.

Muerto en enero de 1621 el Papa Paulo V, y elegido sucesor Urbano VIII, -precisamente el cardenal Maffeo Barberini que le defendió en 1616-,  Galileo se embarca en una obra, con el beneplácito del nuevo Papa, en la que se contrapondrán los sistemas ptolemaico y copernicano, aportando los argumentos en pro y en contra de uno y otro. Esto era en realidad un movimiento táctico de Galileo, pues contraponía su sistema favorito a otro ya refutado. Los astrónomos jesuitas habían optado por el sistema de Tycho Brahe (una especie de solución intermedia entre el heliocentrismo y el geocentrismo). Galileo despreciaba este sistema porque resultaba difícil de refutar.

(El nuevo libro de Galileo, Diálogo sobre los dos sistemas del mundo) se publicó en 1632, pero al leerlo el Papa y la sociedad culta de Italia se hizo evidente que allí no se trataba del copernicanismo como una hipótesis, sino como una tesis claramente defendida por la prueba de las mareas, frente a la cual solo se aducían en contra, a favor del sistema de Ptolomeo, razones débiles y ridículas. El Papa se sint engañado en aquel proyecto que él mismo había avalado, y además porque su propia opinión, que Galileo le prometió incluir, había sido puesta en boca de Simplicio, el simplón del diálogo. Se creó un tribunal especial para juzgar el caso de desobediencia, ante el que Galileo declaró que desde 1616 no era copernicano y que en su libro había hablado del copernicanismo tan solo como hipótesis. Como esto no fue creído, en una segunda sesión admitió que el copernicanismo parecía, en efecto, defendido en el libro, pero no porque él lo mantuviese, sino para mostrar su habilidad de polemista. Esta defensa pareció una burla y el Papa pidió al tribunal que exigiese a Galileo que dijera la verdad 'incluida la amenaza de tortura' (en este caso, formal, por razón de su edad)...  Se llega así a la famosa abjuración de Galileo del copernicanismo en Santa María Sopra Minerva, el 21 de junio de 1633 (en la que, por cierto, nunca dijo aquello de 'eppur si muove'... lástima, me encantaba esa frase :-)), y a la imposición de 'cárcel formal' a perpetuidad, conmutada por el confinamiento en su propia villa, cerca de Florencia. Su libro entra en el Índice y solo se permitirá su publicación un siglo después, en 1741, tras haber demostrado (James) Bradley en 1728 que la Tierra se mueve, utilizando el fenómeno de la aberración de la luz.

No defenderemos a la Iglesia por este inadmisible abuso de autoridad ni por los métodos que empleó para imponerla, pero tampoco vamos a admitir que se diga que esto supuso un freno para la astronomía, pues el otro sistema en vigor -el de Tycho Brahe- llevaba a las mismas predicciones astronómicas que el de Copérnico hasta que se descubrió la paralaje, algo que no se consiguió hasta dos siglos más tarde. Además, el sistema de Copérnico se siguió enseñando, con la precaución de decir que se trataba de una hipótesis. Y menos vamos a admitir que la obeciencia a la Iglesia fuera un freno para la ciencia española -siempre con buena tradición copernicana-, pues precisamente en España no se incluyeron estas prohibiciones en el Índice.

Galileo es verdaderamente un gigante y merece el nombre de padre de la ciencia, pero no por sus descubrimientos telescópicos, que tuvieron lugar entre diciembre de 1609 y diciembre de 1610, cuando casi nadie tenía telescopios o no eran suficientemente buenos, y el mérito de Galileo fue el de haber dispuesto de uno bueno a tiempo construido por él. De hecho, en todos sus hallazgos astronómicos hubo siempre alguien que se adelantó o que lo descubrió independientemente, o que lo predijo, lo que demuestra que, tarde o temprano, todo se hubiera descubierto al ir mejorando los telescopios. Por lo que es grande Galileo es por su teoría del movimiento, a cuya formulación correcta llegó en 1608... Sabemos, por dos cartas a Luca Valerio, que en 1609 Galileo estaba pensando en redactar su teoría del movimiento, pero ese proyecto se vio interrumpido por su encuentro con el telescopio, que provocó un cambio de interés y de temática en su actividad científica. Su obra experimental sobre el movimiento se habría perdido, y no hubiera podido inspirar la obra de Newton, si no se hubiera puesto a redactarla entre 1634 y  1637 cuando estaba forzosamente retirado en su villa Bellosguardo en Arcetri y sin poder seguir en su proyecto en defensa del copernicanismo.
 

Curioso, ¿no? :-) Resulta que, al ser obligado (injustamente, en esto estamos todos de acuerdo) a abandonar sus estudios sobre el copernicanismo, Galileo retomó durante su arresto sus antiguas investigaciones y así acabó formulando su magistral teoría del movimiento, que le convirtió en uno de esos gigantes sobre cuyos hombros se subió Newton para llegar tan lejos y haciendo que la Ciencia diera un paso abisal hacia adelante... ¿Casualidad?¿Serendipia?¿Providencia? Dejamos que el lector elija la respuesta que mejor se avenga a sus criterios, pero pareciera que la Historia y sus ironías juegan malas pasadas a nuestros ateos, tan convencidos de que, en lo que a la Ciencia se refiere, la Iglesia no ha hecho nunca más que estorbar 😂

Aprovechamos el inciso para hacer un apunte: Aunque Ignacio Sols no menciona aquí el dato que vamos a exponer, sí lo hacen autores como Francisco S. Gil, entre otros; se trata de una de las razones, además de las ya expuestas por Sols, por las que tanto el Papa Urbano como buena parte de la Iglesia eran reacios a aceptar de pleno y sin cortapisas la teoría heliocéntrica, que sí era admitida, como ya se ha dicho, mucho antes de Galileo, como una hipótesis de trabajo en ámbitos eruditos católicos. El heliocentrismo, como se suele decir, ya "se respiraba en el aire" antes de Galileo, como se respiraba la teoría de la Evolución en las universidades europeas antes de Darwin. Volvemos a recordar que la Iglesia de Roma no era "literalista" y admitía, ya desde San Agustín, que cuando las descripciones del mundo natural de la Biblia se contradijeran con los datos observables, aquellas descripciones bíblicas debían ser "interpretadas". Roma no era muy puntillosa en estos temas, no al menos tanto como lo era en asuntos de índole moral, por ejemplo. ¿Por qué, entonces, esa terca oposición al heliocentrismo? Pues, en contra de lo que muchos piensan, la respuesta no estaba relacionada con el "miedo del hombre a ser destronado de la cúspide de la Creación", como aseguran los ateos (quienes, por cierto, suelen confundir pequeñez con insignificancia). El problema de fondo era que Roma no era literalista, pero Lutero, sí :-). De hecho, una de las acusaciones más graves emitidas por la Reforma contra la Iglesia de Roma era su distanciamiento de la "pureza de las Escrituras" cuyas directrices, pensaban los seguidores de Lutero, debían ser tomadas al pie de la letra en todos los aspectos, no solo el religioso. Prueba de esto es que la mayoría de las actuales iglesias literalistas (pentecostales, baptistas, testigos de Jehová, etc.) proceden del protestantismo.

En resumen, Lutero acusaba a Roma de no ser fiel a las Escrituras y, en plena Guerra de los Treinta Años, la Iglesia Católica no se podía permitir añadir más leña a ese fuego.


Esto, por supuesto, NO justifica la actuación de Urbano VIII y aquella panda de impresentables que condenaron a un hombre inocente a arresto domiciliario de por vida, solo por expresar sus opiniones. Pero, sobre esto, insistimos, hoy día todos estamos de acuerdo, incluida la Iglesia. Dejemos acabar al profesor Sols:


Repito, no seré yo quien defienda la actuación de la Iglesia en el caso Galileo, pero sí diré que fue un caso único. El lector quizás esté pensando en Giordano Bruno y en Miguel Servet, los otros dos casos que suelen citarse (porque no hay otros). Pero Giordano Bruno no fue un científico (hoy se le podría considerar un filósofo o pensador de la Ciencia, pero no un científico, suponemos que a esto se refiere Sols), con todo lo que su caso tiene de cruel y de escándalo para un católico. Y Miguel Servet no fue quemado en la hoguera por la Iglesia Católica sino por Calvino, personalmente allí presente, y no fue por sus ideas científicas, sino por sus ideas sobre la Trinidad (una injusticia de todos modos, otra más en una época feroz, pero aquí estamos hablando de la supuesta 'guerra' entre la fe y la ciencia, no de guerras doctrinales internas, así que Servet no nos sirve como ejemplo de esa oposición).

Para encontrar otro caso hay que retrotraerse nada menos que mil doscientos años, al linchamiento de Hypathia en Alejandría (aconsejamos vivamente leer el debate abierto bajo el artículo que enlazamos) en el año 416. Y tampoco fue un caso de oposición de la Iglesia a la ciencia (de hecho, sabemos que Hypathia tenía alumnos cristianos y paganos y que la relación entre ambos grupos era cordial), pues, ni fue linchada por San Cirilo de Alejandría, como se dice sin base documental, ni por causa de sus conocimientos matemáticos, de los que tenemos noticia principalmente por las consultas matemáticas que aún se conservan, que le hacía Sinesio de Cirene, alumno suyo y obispo de Ptolemaida. Hypathia fue linchada por una horda de fanáticos capitaneada por el lector Pedro, por causa de su influencia pagana sobre Orestes (prefecto de Alejandría). Lo que sucede es que el testimonio de Sócrates Alejandrino en 1640 incluye su lamento de que el oprobio por aquella acción recayera sobre la iglesia de Cirilo.

A esto se reduce, pues, la oposición constante de la Iglesia a la ciencia a lo largo de los siglos, tan solo al caso Galileo, en veinte siglos de existencia".


 Ignacio Sols Lucía
Catedrático emérito de Álgebra
Universidad Complutense de Madrid
Fundador del grupo de investigación GESTA (Geometría
Simpléctica con Técnicas Algebraicas).
Artículo extraído del libro "60 preguntas sobre ciencia y fe",
págs. 103-109.  



Un solo caso... Uno. Pero, como dicen en mi tierra: "una vez maté un gato y, desde entonces, me llaman 'matagatos' :-). 

No se pierdan la segunda parte de este análisis sobre la presunta "oposición" de la Iglesia a la ciencia. Les esperamos.




Ver también:

John N. Gray, otro filósofo ateo contra el Nuevo Ateísmo
"Yo creo en Dios gracias a la Ciencia"
Ciencia y fe, la guerra imaginaria
"La Ciencia y la fe, juntas, hacia Dios"
"Dios no es bueno". Las falacias de Christopher Hitchens
El fundamentalismo, ateo o religioso, es una respuesta ante el miedo
Los medios ofrecen una imagen distorsionada del debate ciencia-fe


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Bibliografía.

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