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Cinismo y ateísmo. La rigurosa impostura (II) Sergio Jiménez

ateismo capitalismo y publicidad


No es difícil desmontar la actitud superficial de un cínico. Como se ha apuntado más arriba, su actitud prepotente le hace sobresalir fácilmente en una sociedad repleta de artificios que impide a sus ciudadanos desarrollar su potencial al modo que pretendían los cínicos antiguos, pero esto no es obstáculo para ver que es una actitud de un reduccionismo ruin y con una más que evidente falta de profundidad. Basta con llevarlos a terrenos más comprometidos del conocimiento para comprobar cómo se despachan. Su respuesta en estos casos, suelen ser la descalificación directa. Es decir, ante la evidencia de la falta de profundidad de su postura, el cínico tiende a descalificar todo intento de revisión rigurosa de sus conocimientos (o a descalificar directamente a quien postula teorías distintas a las suyas, la falacia ad hominem es muy habitual en el discurso medio del colectivo neo ateo). 

Esta actitud está perfectamente legitimada por los medios y la sociedad en general, y es que pensadores, filósofos, investigadores, científicos y demás fauna epistemológica suele estar clasificada como gente “tarada que pierde el tiempo en tonterías”, o como hoy se les conoce, “frikis”. Con esta vulgar artimaña quedan eximidos de lo que en teoría ellos mismos exigen: rigor. 

Como acabo de mencionar, los medios juegan un papel determinante en la exaltación del cinismo. Si uno se detiene a observar la publicidad, ya sea en prensa, radio y no digamos en televisión, es fácil concluir que, bajo sus desenfadadas formas, se esconde la alabanza de los comportamientos más cínicos. En su afán por crear la necesidad artificial de un determinado producto, han decidido que todo vale, socavando sutilmente la estructura más íntima del individuo. Nos encontramos entonces con que, en una sociedad en que nadie vigila los valores, los creativos publicitarios obvian, incluso ridiculizan, cualquier tipo de escrúpulo moral, ya sea la honestidad, la solidaridad o la espiritualidad. Esta labor de vigilancia de los valores que, bien o mal, podía hacer antaño la religión, está mal vista, incluso a nivel personal, y es que, ¿qué tendrá que ver todo este asunto con la “tía buena” del anuncio que me vende asistencia mecánica para mi coche? Y digo yo, ¿qué relación guarda una mujer, ceñida y acicalada para la fiesta, con un taller mecánico? Todo es extraordinariamente sutil: un anuncio en donde el slogan es “No tenemos sueños baratos”, o “Te lo mereces”, es de un impacto psicológico directo. El anzuelo no puede ser más provocador, pero una reflexión más profunda no deja dudas de sus nauseabundas intenciones. Todo esto puede parecer puritano, pero incluso hacer parecer esta reflexión como un discurso puritano es objetivo de ese martilleo publicitario. 

La publicidad se alía con el individuo en sus deseos materiales normalmente con maneras revestidas de humor e ingenio, pero nada le importa lo que quede de él y su esencia después de haberle sometido a la insaciable tiranía del tener. Lo más nocivo de los medios, y que con más sutileza se instala en la mayoría de la población, es la indiferencia y esa tóxica sonrisa que solo necesita levantar uno de los dos extremos de los labios; cinismo puro. Cuando hablo de indiferencia me refiero a esa inconsciente creencia que infravalora el daño que todo esto genera en la esencia de la persona, es decir, esa respuesta del tipo “bueno, hombre, no seas exagerado”, “tampoco es para tanto”, “solo es humor”  y demás miserias cognitivas. Son estas respuestas las que tanto interesan precisamente al publicista, al vendedor, a la gran superficie, a la multinacional, al mercado financiero o al estatus quo consumista. Esto no son paranoias conspiranoicas, son estructuras que se van fijando en la filosofía vital de todos los individuos, renunciando, por inmersión en el materialismo, a cualquier alternativa personal que implique pensar por sí mismo. En cualquier caso, de esta conformación cultural habla perfectamente la antropología. Lo que a mí me interesa en último término es el modo en que esta frenética actividad mediática está generando en el individuo una incapacidad endémica para la reflexión sobre temas filosóficos de profundidad.   

El cínico de hoy no sabe que es cínico, pero, además de comportarse como tal, también desconoce el perjuicio que se autogenera y el que deja en la sociedad y su progreso. El perjuicio para él es claro; al limitar voluntariamente sus experiencias y entender su perspectiva como definitiva, deja de acceder a la principal fuente de todo conocimiento, que es la duda, eliminando así la posibilidad de crecer y enriquecerse. Por extensión y en relación a la sociedad, es una actitud que resulta servilista de un sistema, el consumista, que, claro está, se muestra encantando con este tipo de actitudes.

Así, el cínico, en su pretendido rol de “iluminado”, paradójicamente acaba siendo manipulado sutilmente en su discurso reduccionista, y afianzando el mismo sistema del que pretende ser juez; y es que el consumismo no entiende de espiritualidades. Más allá de su falsa seguridad epistemológica, el cínico es un títere guiado por los hilos de una sociedad esclava de la inmediatez, el placer y el artificio; valores impuestos como sustitutos de la rechazada espiritualidad. Es la espiritualidad un valor que no necesita de mayores explicaciones; es consustancial al hombre y su esencia. El cínico, por naturaleza, tiende a negarlo, produciendo un vacío que suele llenarse con grandes cantidades de lo que sea.


Hasta ahora no he relacionado el ateísmo con el cinismo, más allá de los apuntes del inicio. En cualquier caso, entiendo que con lo expuesto hasta ahora no resultará difícil hacerlo. Como decía al principio, las distintas posturas en el asunto de Dios son frutos de elecciones personales y que, en última instancia, nada tienen que ver con la certeza de una cosa o la contraria. Esto lo sabe cualquier persona que esté profundamente comprometida con el conocimiento y medianamente informada.
El cínico tiende a pensar, desde su superficialidad, que su postura es rigurosamente la correcta, confundiendo claramente rigor con seriedad. La idea de Dios que sostiene un cínico ateo es especialmente infantil. Una imagen antropomorfizada, absolutamente condicionada por su cultura y, en poquísimas ocasiones, meditada en profundidad. El cínico ateo se sirve de algunos datos manidos sobre la historia de las religiones y sus abusos, pero jamás sobre una búsqueda personal que aborde el concepto profundo y real de teísmo. Y es que resulta falsamente “progre” y está muy reconocido el discurso de denuncia sobre las mentiras que las religiones nos cuentan. Todo su discurso está condicionado por lo que esta o aquella religión cuenta sobre Dios, pero no sobre la última verdad de la existencia. Es una suerte de ateísmo contracultural de bajo espectro. Es decir, su postura tiene mucho más que ver con lo anti-religioso que con la búsqueda y constatación de “la verdad”.

Esta postura “anti” con mucha frecuencia olvida a Dios para centrarse en lo que otros hombres, como los cínicos, han hecho o dicen de aquel dios. Es, en definitiva, un discurso de denuncia de injusticias y abusos con el que la gran mayoría estaría de acuerdo, pero de una impostura velada. Así que, en profundidad, el cínico ateo, como en casi todo lo que aborda, nada sabe, y es que está ocupado en guardar unas apariencias que, lejos de haber elegido libremente, le han sido sutilmente inoculadas; esto no es más que confundir las luchas sociales por la justicia y la igualdad, metiendo en el mismo saco un asunto, el de Dios, que le han hecho creer que es de la misma índole, por cuanto las religiones y sus abusos tienen de denunciables (ver apunte al final del post).

Este es un problema muy extendido del ateísmo en general, no solo los cínicos lo comenten: asociar Dios a religión, y religión a sometimiento, restricción, persecuciones, inquisición, etcétera. No conciben un Dios fuera de las religiones, al modo de los deístas o fideístas por ejemplo. El tema "Dios" es un asunto de abstracción conceptual que no tiene por qué ir unido a organizaciones humanas de culto a una deidad. Así las cosas, el cínico mete en el saco de enemigos a combatir al fascismo, al comunismo, la lucha de clases, la lucha obrera o las religiones, sin ser capaces de desvincular a Dios de toda esa actividad genuinamente humana.  

El cinismo, por reduccionista y deshumanizador, es una impostura en todos los ámbitos, pero más aún en el debate teísta/ateísta. Su valor está en un uso sesgado, limitador y tramposo, de las capacidades intelectuales del ser humano, y cuyas ventajas, inmediatas y simplistas, redundan a la larga en una sensación de vacío que consumen al individuo y su libertad; libertad lastrada por la necesidad de aceptación de los demás. Por tanto, ante la falta de valor para edificar su propia realidad espiritual, social o intelectual, el cínico opta por el falso arrojo de ridiculizar lo que se sale de lo estrictamente medible. ¿Acaso puede medirse el amor, o una charla con amigos, o unas cañas con tu pareja, o las sensaciones que producen un ocaso de la costa levantina, o un abrazo de tu hija? Y es que, en rigor, un cínico debería tener vetado todo lo no tangible, es decir, todo lo que importa en la vida. Pero, por supuesto, él también es partícipe de estas sensaciones y, aunque aduce en su defensa que todo eso es un producto cultural, no es sino un reduccionismo más propio de posturas inflexibles y superficiales. 

Otro recurso del cinismo ateo se basa en la fagocitación de los valores ajenos. El cínico, en el debate sobre Dios, suele ridiculizar los valores morales que muchas religiones difunden. Haciendo uso del discurso darwinista, teoría en revisión actualmente, se sitúa en un plano que considera superior para mofarse de la moral que el teísta pudiera defender, eliminando de un plumazo la enorme complejidad que supone el comportamiento humano, animal o incluso bacteriano. En cualquier caso, esta actitud del cínico ateo, tiene más que ver con maneras de carroñeros de la moral que con una postura intelectual. Y es que, en definitiva, el cínico también promueve y exige esos valores en otros ámbitos, evidenciando una falta de rigor en su discurso (en efecto, el ateo exige para sí respeto a su "dignidad", a sus "derechos", a su "libertad de expresión", etc.  Pero si, como asegura de partida el doctrinario ateo, "el bien y el mal no están escritos en ninguna parte" -Jacques Monod-, ¿de qué dignidad, de qué derechos inalienables, de qué derecho a la libertad de expresión, de qué rábanos está hablando? ¿Por qué exige algo cuyo valor y existencia real él mismo niega a priori? Si los conceptos de "bien" y "mal" no existen, indignarse por el atropello de sus derechos fundamentales, indignarse por el atropello del "bien", no es más que una pose, una pantomima... un absurdo). Podría decirse que el cinismo de hoy, no es más que la arrogancia del ignorante. Aquel que en una errónea interpretación del escepticismo ilustrado, no deja lugar a la duda, fundamento de todo conocimiento y avance. 

Esta conclusión dibuja perfectamente el verdadero riesgo de esta corriente. A nadie se le escapa, quizás a los cínicos sí, que en toda esta ideología subyace un nihilismo autodestructivo, guiado por el individualismo y la competitividad. Ese nihilismo impide acceder a las más altas cotas de la perspectiva humana: una perspectiva general del proyecto que la humanidad está intentando. El cinismo ateo de hoy no es más que un trampantojo de la corriente cultural de la Grecia antigua. No es que haya olvidado aquella esencia crítica y productiva, es que el cínico de hoy solo es un maniquí autocomplaciente que trata de encajar en la sociedad, como el que es rockero o el que es del Racing de Santander; no tiene recorrido intelectual alguno, solo es una pose que le ha brindado el sistema y que ellos, en su falta de arrojo, han creído escoger voluntariamente.

Así que el cínico no hace más que aquello que critica, en su base, no difiere mucho del religioso, esto es, decide adherirse a una forma de pensar que le proporciona la protección del grupo (masa) y, si se quiere, hasta cierta distinción social. Y es que buscar la verdad por uno mismo o elaborar tu propio camino, no es que sea pseudocientífico o una salida propia de tarados, como pretenden, sino que requiere muchísimo más esfuerzo y tiempo que nadar, como un pez muerto, a favor de la corriente.

El ser humano ostenta un potencial enorme y actitudes como las de los cínicos en el debate sobre Dios no pueden ser consideradas debido a su profunda falta de compromiso con el conocimiento.

Volviendo al inicio del artículo, no se pretende aquí resaltar el teísmo sobre el ateísmo, la intención es rechazar de plano el cinismo como base de partida para la defensa del ateísmo. Por más manido que suene todo lo expuesto, no es sino un grito contra el sistema imperante; el capitalista. Este estatus, que vende libertad de oportunidades y placeres interminables, encuentra mil maneras de colarse en las ideologías de las personas, y el cinismo de hoy es uno de esos vehículos de expansión que sirven a la vez para extender y afianzar ese sistema, enarbolando la bandera de un falso ateísmo, conducido por la máxima del materialismo, en aras del nihilismo consumista que devora almas como la inquisición asesinaba inocentes.
 

Conclusión.


Muchos ateos sostienen su creencia sobre un cinismo cultural del que apenas son conscientes. Otros, los menos, reconocen que su opción no es más válida que la del teísta librepensador, y es que, en última instancia, solo queda creer, en un sentido o en otro. Lo ideal sería que todos fuéramos conscientes de esta incertidumbre que supone nuestra realidad, y que posturas como el cinismo fueran desechadas en aras de una meta común; el bienestar de todos. Y es que ¿qué interés puede tener un ateo en discutir mis creencias personales como creyente? ¿Iluminarme con su entendimiento y liberarme de mi supuesta esclavitud? Suponiendo que fuera así, ¿por qué ese ateo tendría esa necesidad? ¿No es esa una actitud altruista y solidaria, que responde a unos valores construidos y que no obedecen a una existencia accidental y competitiva? Ya, claro, conozco la respuesta a estas cuestiones. El cinismo de hoy, en definitivita, sí es un valor artificial, construido por una educación basada en los principios darwinistas, y reforzada por unos medios al servicio del consumo insaciable. 


Necesitamos elevar la mirada, tomar perspectiva de nuestro proyecto global, reformular el sistema y acabar con ciertas actitudes que solo interesan a unos cuantos que manipulan desde las sombras. Finalmente, Dios es un concepto al que solo podemos ir dando o quitando atributos, en función de nuestra elección. Esta cuestión ambivalente (dar o quitar), me recuerda a un verso de Roberto Juarroz que un buen amigo tiene en  la cabecera de su blog: "La clave del camino, más que en sus bifurcaciones, su sospechoso comienzo o su dudoso final, está en el cáustico humor de su doble sentido". Y a mí, esta circunstancia de una cosa y la inversa, me habla de intención, me habla de Dios como a otro le habla de lo contrario.


(Paréntesis en gris añadidos).

Sergio Jiménez Barrera
Arquitecto Técnico
Universidad de Sevilla


***


"El mundo del capitalismo globalizado agota hoy la totalidad de lo visible y proclama que no hay nada más que ver, que no hay nada escondido, que no hay otra imagen posible. Esto es lo que hay, nos dice. Es una nueva forma de gestionar lo invisible: si en otras épocas era patrimonio de las religiones, cuyos dogmas establecían de qué estaba “hecho” lo invisible y quién establecía su ley, hoy el capitalismo global cancela toda invisibilidad, todo no-saber, en favor de su única verdad presente".

Marina Garcés 
Profesora de Filosofía, conferenciante y escritora 
Universidad de Zaragoza 
Columnista del diario "El País"


Pueden consultar la primera parte de este artículo aquí.




A propósito de las generalizaciones de las que hablaba Sergio en este artículo, en retórica, se denomina falacia de arreglo de bulto a esa tendencia a agrupar en una misma categoría temas que suelen ser dispares, aunque en el imaginario popular estén de algún modo relacionados. Es ciertamente, como afirma el autor, un recurso muy usado entre los ateos. Basta que te identifiques como teísta, sin añadir ningún dato más, para que muchos ateos te incluyan, por su cuenta y riesgo, dentro de tal o cual nominación religiosa, dentro de tal o cual opción política, o, incluso, entre los adeptos de la Nueva Era, los ufólogos, los astrólogos, los tarotistas o los fans de "El Secreto", como me ha pasado últimamente :-). Es obvio que esto, además de cierto grado de ignorancia, también demuestra una forma de prejuicio realmente descabellada. Podríamos aventurar que, actuando así, nuestros ateos sienten que este "etiquetado" previo totalmente arbitrario les exime de la obligación de tomar en serio nuestros argumentos, es casi como un descargue emocional, lo que justifica que interpretemos esta treta más como un ejercicio de autoconsuelo -e, incluso, autodefensa- que como un ataque real a nuestras ideas.

La falacia de "arreglo de bulto" viene casi siempre de la mano de otro error de lógica también muy común denominado falacia "de asociación" que, esgrimido por los ateos, se expresaría de este modo: "como algunos creyentes que conozco son hipócritas, todos los creyentes son hipócritas o, como muchos creyentes que conozco son iletrados, todos los creyentes son iletrados". Hay que estar muy alerta porque los ateos suelen caer continuamente en este tipo de falacias; en múltiples ocasiones lo hacen sólo por imitación. De ningún modo estoy generalizando, pero admito que he conocido ateos que ni siquiera sabían que esas falacias que citamos existen (algunos ni siquiera sabían qué es una falacia lógica), por lo que caían en ellas una y otra vez, a pesar de que yo misma les estaba advirtiendo de su error. Simplemente, muchos leen el argumento falaz en algún libro o artículo en la red (o en varios artículos, a su vez copiados de otros artículos) y se limitan a repetirlo sin más, evitando contrastar la información y analizar las evidencias que pudiera haber a favor o en contra de estas generalizaciones apresuradas; una actitud harto curiosa en quienes proclaman que no debe afirmarse nada sin analizar antes las pruebas :-).

No podemos dar por acabada la entrada de hoy sin hacer referencia una vez más a Richard Dawkins, quien ha declarado en múltiples ocasiones que fueron los atentados del 11-S lo que le impulsó a tomarse en serio su feroz cruzada contra los creyentes... Vincular la creencia en Dios con un atentado terrorista de un determinado grupo religioso supone una "falacia de asociación" del tamaño del Kilimanjaro, pero esto a nuestro inefable profesor le importa un bledo. Lo importante para él, lo realmente importante a todos los efectos, es proclamar a los cuatro vientos que, para evitar que alguna mosca se pose sobre la Gran Muralla China, lo más cómodo, práctico y efectivo es destruirla... 

Destruir la Muralla, claro, no la mosca ;-).



***


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Cinismo y ateísmo. La rigurosa impostura (I) Sergio Jiménez

cinismo antistenes ateismo

Este artículo habla del cinismo como problema de conducta social, incluso ética, en relación al debate teísmo-ateísmo. Y digo problema porque el cinismo goza de cierto reconocimiento social, cuando ciertamente es un enemigo de proporciones desconocidas. En concreto trataré de dibujar la falacia que se esconde detrás del ateo sostenido por el cinismo. La intención última será justificar que el cinismo es una actitud superficial e inoculada culturalmente en el individuo para hacerle creer lo elevado de su ideología. No pretendo, por tanto, poner de relieve ninguna opción, sino más bien mostrar que, en última instancia, las dos, teísmo y ateísmo, deberían ser fruto de una elección personal, pues ambas son dos creencias que proceden de la misma naturaleza: la del conocimiento.

El cinismo sirve de falsa plataforma para justificar muchísimas actitudes prepotentes y a la vez superficiales, sobre todo en el debate ciencia-fe. Actitudes que conllevan una profunda ignorancia de los últimos laberintos que suponen el conocimiento de la realidad. Este uso globalizado del cinismo, no obedece más que a una máxima reduccionista de la sociedad occidental. Sociedad que en su propio autoengaño se considera al cabo de todo conocimiento, siendo muy al contrario, un problema de profundidad epistemológica. En definitiva, descubrir el gran engaño de una actitud, la cínica, que lejos de reportar una imagen de individuo inteligente y libre a quien la profesa, lo lastra en su más profunda condición.

"El cinismo es una traición intelectual"

Norman Cousins
Político, escritor, periodista y activista americano 


Esta cita dirá muy poco o nada a la mayoría de la gente en una primera lectura. Sucede que en su esencia, describe con detalle la pandemia que asola el mundo actual. Es probable que suene apocalíptico, pero hay que pararse y rumiarla.  Bastaría con hacerse algunas preguntas: ¿cuántas cosas he dejado de hacer o experimentar por tener una actitud prejuiciosa y cínica? ¿Por qué tengo unas creencias y no otras? ¿Soy capaz de entender que mis creencias no son las únicas y definitivas? Muchas personas responderán también de una manera cínica a estas cuestiones, muy seguras de su postura. Y es que no es difícil entender que en toda época, la gran masa ha vivido con la certeza de tener el conocimiento último de la realidad. Esta época que vivimos, por materialista, no es menos, y aunque a muchos les soliviante, tampoco parece que hayamos avanzado tanto:



Leonard Susskind
Profesor en Física teórica en la Universidad Stanford
Su campo de investigación incluye la teoría de cuerdas, teoría cuántica de campos, la mecánica cuántica y la cosmología cuántica


Esta cita de un físico, no precisamente religioso, deja bastante claro lo complejo de nuestra existencia. Sí, parece que aquello del Zeitgeist no es solo un concepto ajeno a nuestro tiempo, por el contrario nos afecta de pleno. Es cierto, seguimos viviendo como si la tierra fuera plana, y esta seguridad aparente de hechos empíricos, deja el terreno abonado para que actitudes como el cinismo proliferen. Pero, como he apuntado, el problema es de profundidad; y es que detrás de esa realidad perceptible, existe una mucho más difícil de digerir: ajuste fino, mecánica cuántica, biología, etcétera.

El verdadero problema, pues, es de nivel epistemológico. Es decir, y resumiendo mucho, en un primer nivel de consciencia, si no sé nada de mi universo, podría pensar que Dios lo creó. En un segundo nivel, si observo, deduzco leyes y obtengo explicaciones, puedo inferir que “no es necesario un creador”. Y en un tercer nivel, donde se sitúa la filosofía, la física más avanzada, la neurociencia, la complejidad biológica, etcétera, pues todo es muy confuso, y la existencia o no de Dios, acaba pasando a ser una cuestión de elección personal. Cabría un cuarto y un quinto nivel, así hasta el enésimo, en el que siempre quedaría una última pregunta.



Werner Heisenberg
Físico alemán


La cuestión es que el cínico medio no sabe de estos “niveles” y por pura ignorancia cree estar en el más alto; es más, si tratas de llevarlo a asuntos más profundos, su respuesta será la descalificación o la negación. Esto es, las mismas maneras de las que reniega en el ejercicio de la más alta libertad ilustrada. En cualquier caso, este asunto de la “profundidad” lo explicaba muy bien Oscar Wilde cuando afirmó que "un cínico es alguien que sabe el precio de todo y el valor de nada".

A estas alturas nos vendrá bien hacer un breve repaso de los primeros cínicos que se tiene conocimiento.

Como parece que los antiguos griegos gozan de tan buena reputación en esto de la búsqueda del conocimiento, diré que los máximos exponentes en esto del cinismo fueron Diógenes y Antístenes. Sus propuestas tenían que ver con mantener una actitud diferente frente a la existencia: diferente a la de la mayoría. El comportamiento crítico con lo establecido y el cuestionamiento de los poderes eran sus grandes axiomas. Consideraban que la mayor parte de la sociedad vivía una existencia adormecida que impedía acceder al auténtico ser que subyace en todo hombre. Proponían la liberación de ataduras morales, económicas y sociales. En una suerte de anarquismo, su visión era de una naturaleza materialista y rechazaban las deidades para explicar la realidad. Es esta una visión que a muchos les parece radical, pero, más allá de las subjetividades, no se puede negar la profundidad de una perspectiva fundamentada en la reflexión y la crítica del modelo de vida de la época. Profundidad a la que el cinismo de hoy ni si quiera se asoma, y es que éste es de otra naturaleza mucho más prosaica y hedonista. Hoy en día no existe conexión alguna entre aquellos cínicos y estos, sobre todo porque los de hoy apenas son dueños de sus opiniones, y desconocen con rigor de dónde proceden sus “creencias” y quién se las ha puesto en el discurso.


El devenir de la historia quiso que las religiones y el uso que el hombre hizo de ellas, sumergieran a la humanidad en una época de oscurantismo y sometimiento. A aquella Edad Media le siguió el Renacimiento, la Ilustración y la Revolución Industrial, hasta llegar al día de hoy. Todo ello en un claro proceso utilitarista de la existencia que ha acabado por implantar un sistema capitalista al que el carácter individualista y reduccionista del cínico le viene como anillo al dedo. La guinda que coronó toda esta evolución la vino a colocar el darwinismo y sus teorías que ilustraban la vida como un accidente sórdido y cruel, en el que solo el más fuerte sobrevivía. Un discurso que a la dirigente clase industrial y de consumo de la época, le sonaba a canto celestial. 

Con todo este devenir social, no es difícil inferir cómo se ha ido descendiendo a un dios celestial de su altar, para sustituirlo por otro más ramplón y terrenal: el culto al hedonismo consumista Axiomas como “aprovecha que son dos días”, “eso es lo que te vas a llevar”, por más vulgares que suenen, no dejan de revestirse de cierta pátina de arrojo y verdad. Lo que nadie se para a pensar es el coste que este tipo de eslóganes conlleva. Ese coste es nada más y nada menos que la espiritualidad del individuo.


"Los presocráticos y los atomistas se movían en el plano filosófico, Homero en el poético; sus intuiciones son luces bellas como las de los artificios pirotécnicos, pero, como ellas, inconsistentes por falta del respaldo y rigor científico. En cambio Bunge apela a la ciencia y en ella se apoya. Y lo hace con un alcance extrapolado al identificar sin más lo científico como lo real. Por ello sólo la ontología materialista estaría en armonía con la ciencia contemporánea. Cae así en un reduccionismo epistemológico. La exclusión apriorística de cualquier método distinto del científicotécnico para alcanzar realidades situadas más allá de la materia y la consecuente negación de los «espiritual» son una frustración y degradación del hombre. El científico, habituado a la inmediatez de lo sensible y experimentable, corre el riesgo de verse aquejado de miopía metafísica o de incapacitación adquirida para captar lo espiritual. Este riesgo aumenta en épocas de embriaguez científica y sensorial como la helenística (tiempo del atomismo democríteo y epicúreo) y la nuestra". 

Manuel Guerra Gómez
Sacerdote y doctor en filosofía clásica y teología
Extracto de "Dios y el hombre, antropología y teología"



Hablando de costes, Kingsley también lo explica muy bien en estos párrafos:
 
"No se nos ha dicho que, en las mismas raíces de la civilización occidental, reside una tradición espiritual. Hay que pagar un precio para entrar en contacto con esta tradición. Siempre hay que pagar un precio, y, precisamente porque nadie ha querido pagarlo, las cosas están como están. El precio no ha cambiado: somos nosotros mismos, nuestra voluntad de ser transformados. Solo sirve eso, no puede ser menos. No podemos apartarnos y mirar. No podemos distanciarnos porque precisamente nosotros somos el ingrediente que falta. Sin nosotros, las palabras solo son palabras. Y esta tradición no existió para edificar o entretener, ni siquiera para inspirar; existió para devolver al hombre a sus raíces.

 […] A muchos nos preocupa la extinción de todas las especies que el mundo occidental está exterminando. Pero casi nadie se da cuenta de lo más extraordinario de todo: de la extinción de nuestro conocimiento de lo que somos".

   
Peter Kingsley
Filósofo británico



He aquí la verdadera amenaza del cinismo. Normalmente el cínico de hoy no tiene apenas conocimiento de las limitaciones que su conducta le infiere, está ocupado en guardar un papel de tipo sobrado, sutil y valiente. Pero todo es una máscara de la que él mismo no es consciente. Es decir, el cínico ha optado por una forma de ser que le reporta cierto reconocimiento social dentro de la mediocridad imperante de la sociedad, pero, que el tuerto sea el rey en el reino de los ciegos no significa que sea el rey de todos los reinos. 

Sergio Jiménez Barrera
Arquitecto Técnico
Universidad de Sevilla 


***



"Hoy en día no existe conexión alguna entre aquellos cínicos y estos, sobre todo porque los de hoy apenas son dueños de sus opiniones, y desconocen con rigor de dónde proceden sus “creencias” y quién se las ha puesto en el discurso".


Leyendo este párrafo del artículo recordé algo que me ocurrió hace unos meses, cuando participaba en uno de esos desaforados debates en la red :-). Después de exponer mis opiniones lo mejor que pude, las respaldé transcribiendo algunas citas de los autores que aparecen a menudo en nuestro blog y que todos nuestros lectores conocen bien. Estos expertos que solemos citar no son precisamente legos en la materia, son reconocidos físicos, biólogos, filósofos de la Ciencia, sociólogos, etc. Pues bien, un furioso ateo, cínico donde los haya :-), no teniendo otra cosa mejor que objetarme, me acusó de usar la falacia de autoridad que, como todos ustedes saben, consiste en defender algo como verdadero porque quien es citado en el argumento tiene autoridad en la materia (Wikipedia). Lo divertido es que todo el discurso de mi contrincante estaba cimentado básicamente en tres premisas, a saber: que "está demostrado" (sic) que el universo no tuvo un Creador, que el universo es autocontenido y que el universo surgió de una fluctuación cuántica... Por lo tanto, concluía triunfal mi cándido ateo, seguir creyendo en Dios hoy día es tan absurdo "como creer en unicornios"... 

Como ven, era un ateo cándido, pero, sobre todo,... original :-)

Supongo que no tengo que aclarar al amable lector por qué esa argumentación, y la consiguiente acusación de falacidad, me pareció tan divertida e ingenua: la única diferencia que existía entre mis "falacias de autoridad" y las de mi oponente es que yo conozco los nombres de los expertos que cito para respaldar mis opiniones y él no tenía la más remota idea acerca de quiénes eran los autores que pusieron en circulación los serios postulados y las trilladas analogías que iba repitiendo por los foros como un lorito bien educado...

Supongo que nuestro buen ateo pensaba que sus opiniones eran la "única verdad objetiva" porque, al contrario que las mías que venían apoyadas por expertos (de ahí que fueran falaces :-)), las suyas habían brotado, como los higos, de una higuera... O que habían bajado directamente del Olimpo de los dioses, esos mismos dioses en los que decía no creer, quién sabe...

Sea como fuere, la "ignorante", una vez más, era yo.
 ;-)


***



Publicaremos la segunda parte de este artículo en una próxima entrada. Agradecemos a nuestro seguidor Sergio que nos hiciera llegar su excelente ensayo y aprovechamos para invitar a todos nuestros lectores a que nos sigan enviando sus artículos, sugerencias y opiniones como han hecho hasta ahora. 
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Imagen: Antístenes de Atenas

La realidad será eternamente inasible. Andrés Moya

hombre universo

"Toda la tecnociencia del momento, o muy buena parte de ella, está montada sobre teorías científicas que se nos presentan como más o menos acabadas, lo que no deja de ser una burda apreciación de lo que acontece en realidad. La ciencia del momento ha descubierto que el mundo está transido de fenómenos de complejidad emergentes, algo que no se circunscribe al dominio de lo vivo y lo mental. Toda la física moderna nos muestra, también, la presencia de complejidad emergente.

Por definición no se puede fabricar una teoría acabada del todo, una teoría científica, porque no podemos ser tan pretenciosos como para pensar que podamos llegar a la realidad de una teoría final, por más plausible que nos lo presenten algunos físicos teóricos.

Sería temerario, a día de hoy, sostener que estamos en condiciones de proceder con intervenciones de amplio calado sobre nuestro genoma o sobre nuestro cerebro, porque disponemos de un conocimiento de la naturaleza suficiente.

Puesta en toda su dimensión explicativa, la ciencia es una forma limitada, aunque sin límite reconocible, de conocimiento de la realidad. Por lo tanto, su método no puede brindar respuestas definitivas.

La realidad será eternamente inasible".


Andrés Moya
Doctor en Biología y en Filosofía
 Catedrático de Genética en la Universitat de València
Director de la Cátedra FISABIO para el fomento de la Investigación Biomédica
Autor de "Biología y espíritu", 2014
Se considera agnóstico



La pregunta de Leibniz y los múltiples mapas de la realidad.


Imagen

Jacques Monod y la mitología materialista de la ciencia

planeta pluton

"(Existe un curioso fenómeno) que se repite con regularidad en las formulaciones de la mitología materialista de la ciencia (entendiendo aquí "mitología" como la interpretación subjetiva realizada desde una filosofía previa -atea, en este caso- sobre unos hechos objetivos, véase explicación más abajo), al menos desde el siglo XIX: la atribución sistemática al teísmo de una ligadura con las posiciones que las teorías científicas existosas en cada momento consideren descartadas. De manera que las últimas teorías científicas siempre estarían reforzando al materialismo ateo. Lo curioso de esto es que, en función de cómo evolucionen las ciencias, el teísmo vendrá a ser rechazado por una razón o justo por la contraria


Así, por ejemplo, Monod se esfuerza por presentar el indeterminismo en la ciencia actual como soporte del ateísmo. Pero, en el siglo XIX, los sucesores de Laplace vieron en la mecánica clásica determinista una teoría perfectamente explicativa, que convertía a Dios en una hipótesis innecesaria.

En la argumentación materialista se pueden señalar bastantes paradojas de este tipo".

Francisco J. Soler Gil
Filósofo de la Física
Doctor en Filosofía por la Universidad de Bremen 
Miembro del grupo de investigación de filosofía de la física en dicha universidad
Autor de "Mitología materialista de la Ciencia", Ediciones Encuentro, 2013




Muy revelador, ¿no les parece?
Con determinismo o sin él, con azar o sin él, la banca siempre gana.
:-)


Se podría argumentar que el teísmo liberal ha hecho exactamente lo mismo, es decir, vislumbrar en cada descubrimiento científico un enlace que llevaría en última instancia a reconocer a Dios en Su obra, el universo. Pero es que el teísmo, como filosofía, parte justamente de esa base: la que sostiene que la Ciencia es un instrumento del Creador, la herramienta (una de ellas) que Él mismo dispuso para que el hombre Le buscara y desenmascarara :-) Así que, todos los dictámenes de la Ciencia (incluidos sus errores), siempre serán bienvenidos e interpretados por el teísta como parte inevitable de esa apasionante aventura que es descubrir el mapa del Ingeniero.

El ateísmo, en cambio, que no parte de esta base, no tiene razón alguna para sostener que tanto una teoría científica como su contraria "demuestran" que Dios no existe, sin caer en una absurda contradicción.


***


Para explicar qué es eso que Soler Gil denomina "mitología materialista", citaremos también a Jacques Monod. Cuando este ilustre biólogo y Premio Nobel escribió su "El azar y la necesidad" (una de las muchas biblias de los ateos :-)), incluyó en su prefacio una esclarecedora advertencia que hoy suele pasar convenientemente desapercibida. Antes de desarrollar su ensayo, en el que Monod se alineaba con el existencialismo más desalentador de los cincuenta y sesenta al afirmar que "el hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del Universo en donde ha emergido por azar. Igual que su destino, su deber no está escrito en ninguna parte", el autor nos advierte:


"Desde luego hay que evitar toda confusión entre las ideas sugeridas por la ciencia y la ciencia misma (...) Indudablemente, soy responsable de las generalizaciones ideológicas que he creído poder deducir de ellas."


O sea, que la Ciencia es una cosa y las ideas que uno desarrolle por su cuenta y riesgo a partir de la Ciencia es otra. Muy distinta.


El afamado biólogo nos está confesando amablemente que las ideas filosóficas que nos ofrece en su ensayo son, ni más ni menos, que... una opinión personal, que ha "deducido generalizaciones ideológicas" a partir de los hechos científicos disponibles en su tiempo. Esas generalizaciones ideológicas lo siguen siendo hoy, siguen siendo filosofía, no Ciencia. Para millones de ateos, sin embargo, son dogmas de fe.

Y así ocurrirá, me temo, por mucho tiempo, entre otras razones porque ni el hombre de a pie ni, en muchas ocasiones, los mismos científicos son conscientes de esta confusión, de esta amalgama de términos y conceptos, y, si lo son, no se atreverán a reconocerlo en público. Soler Gil lo expresa así:


"¿Acaso resulta respetuoso hablar de 'mito' o 'mitología', en relación con la lectura materialista de la ciencia? ¿No es esta elección terminológica una forma de desacreditar el materialismo asociándolo con un término tan cercano al engaño y la mentira? Si consultamos el significado de la palabra 'mito' en el diccionario (...) encontramos tres acepciones del término. Una de ellas considera el mito como 'representación deformada o idealizada de alguien o algo que se forma en la conciencia colectiva'... La otra nos advierte que el mito es 'cosa inventada por alguien, que intenta hacerla pasar por verdad, o cosa que no existe más que en la fantasía de alguien' (...)

Aunque la opción materialista sea un planteamiento que merece una discusión seria, la lectura materialista de la ciencia posee en nuestro tiempo los rasgos del mito en estas dos acepciones. Se trata, desde luego de una interpretación deformada de la ciencia, en la que se trata hacer pasar por resultados científicos lo que no son más que interpretaciones particulares de los mismos. Y estas interpretaciones, convertidas en 'resultados de la ciencia', ocupan un lugar preeminente en la conciencia colectiva de nuestras sociedades occidentales".

De hecho:


"¿Cuántas veces no nos habrán salido ya al paso frases como estas? 'A más Ciencia, menos religión'. 'Desde Darwin, no se sostiene que un ser superior haya creado el mundo'. 'La ciencia moderna no deja lugar a la existencia de un Dios creador'.

Si tales expresiones aún no le resultan familiares, no pasará mucho tiempo hasta que lo sean. De hecho, puedo anticiparle que estos enunciados, u otros por el estilo, le acompañarán toda su vida.

El conflicto -la disyuntiva- entre Dios y la Ciencia forma parte del Zeitgeist, el espíritu de nuestro tiempo. Es 'lo que se piensa', sobre este asunto hoy en día. Y como los hombres somos por naturaleza sociales, la opinión colectiva queda revestida con ropajes de verosimilitud hasta tal punto que los que se abandonan a ella consideran extravagante, completamente errónea, la puesta en cuestión de uno de esos consensos: ¿cómo podría pensarse en serio otra cosa? ¿No está más que establecido que...?

Ahora bien, lo cierto es que yo, en conciencia, no puedo avalar en este punto la opinión de nuestro tiempo. Lo cierto es que después de más de veinticinco años dedicados al estudio de la frontera entre ciencia y filosofía, no sólo no creo que exista ninguna incompatibilidad entre la ciencia y la fe en Dios, sino que considero que los datos acerca de la realidad natural que nos aportan las ciencias actuales encajan de un modo muy notable con las viejas doctrinas teológicas sobre el mundo y sobre el hombre".


En resumidas cuentas:

"Hemos de optar entre una interpretación del mundo que parte de la materia como realidad primera (materialismo), y la interpretación alternativa, que juzga más verosímil que sea una mente la que desempeña ese papel (teísmo)".



Y los descubrimientos de la Ciencia -sin quitarle ni añadirle una coma*- pueden confirmar, en principio, ambas interpretaciones. Todo es cuestión de perspectiva, simplemente, hay que elegir una de ellas... y respetar la otra. Compruébenlo por ustedes mismos, les invito a leer el excelente libro del que hoy hemos extraído estos párrafos y entenderán de qué les hablo.  

Si nuestros amigos ateos, en lugar de aventurarse en su lectura, responden a mi sugerencia argumentando, como me dijo cierto escéptico hace poco, que no necesitan conocer la versión teísta del debate "porque ya han leído la Biblia" :-) no harán más que confirmar y conceder credibilidad a la valiente tesis que el doctor Soler expone en su ensayo.

(*Aunque no sea necesario, aclaramos que Soler Gil no comparte los postulados de los creacionistas ni de los defensores del llamado "movimiento de la Tierra joven" o el Diseño Inteligente).


***


Y, ya para acabar, una última reflexión; Jacques Monod, como buen nihilista, creía que el deber moral de los hombres, "no está escrito en ninguna parte". La ética, cualquier tipo de ética, en este caso, no es más que una vana ilusión... Cabe, entonces, preguntarse por qué arriesgó su vida siguiendo esa ilusión cuando se unió a la Resistencia Francesa contra los nazis. Esto ocurrió años antes de escribir su "El azar y la necesidad", es cierto, pero nunca declaró que se arrepintiera de haber actuado como lo hizo durante la Segunda Guerra Mundial.

¿Por qué Monod luchó contra el Tercer Reich?

¿Acaso el código ético de Hitler no era tan válido 
-por ser igualmente ilusorio- como el suyo?



"Tras los quarks y el Big Bang, vislumbramos un ámbito sutil e inexplicable. Para algunos está vacío, según otros, Dios está allí. Pero esto último tiene siempre consecuencias éticas. Sentirnos parte de un todo con los demás seres humanos y referirnos a algo exterior a nosotros aminora el egoísmo. Las religiones son maneras de ligarse desde lo cotidiano a ese ámbito sutil e inexplicable".

Antonio Fernández-Rañada
Físico español
Doctor en Ciencias por las Universidades de París y Complutense
Catedrático de la Facultad de Física de la Universidad Complutense de Madrid
Autor de "Los científicos y Dios", Editorial Trotta, 2008




Leer también:


(La imagen que hemos elegido en esta ocasión no está muy relacionada con el artículo de hoy, pero no hemos podido resistirnos a compartir con nuestros lectores, nosotros también, esta bellísima fotografía de Plutón, captada por la sonda New Horizons y publicada hace pocos días por la NASA.

A pesar de todos los pesares, vivimos tiempos afortunados.

"Sálvate, mundo mío, 
desatando infinitos"
:-))


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